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Un tobillo, una multitud, unos revolucionarios.

Fecha

“Multitud”. Tlayacapan, Mor. 2020. Imagen después de la caída.

El acto fotográfico en su mayoría es un acto solitario, quizá no el marco en el que se desarrolle pero si, como todo asesino durante el impulso e instante de jalar el gatillo. Eso es un compromiso del que no se vuelve atrás. 

Una tarde corría por un sendero en Tlayacapan, habría corrido por varios kilómetros en busca de no tener contacto con mucha gente y continuar con esas salidas a correr que eran para mi una forma de meditación y de mantenerme sano dentro del todo miedo generado por la pandemia. Corrí lejos, corrí profundo hacia los cerros y en algún momento en una pendiente, lejos de la casa casi a varios metros de la carretera, el pie cayó en una zanja y tal como se escuchó un crujido metálico e interno, caí y me lastimé el tobillo con un grito también ahogado. La tarde era maravillosa, no importaba el clima, solo era maravillosa porque estaba fresca pero con rayos de sol que caían pesados.  

No me había levantado aún, ni la montaña con su pendiente logró que me detuviera a diferencia de una zanja de apenas unos centímetros que me tiró de inmediato. Pensaba que me pude haber roto el tobillo, pensaba que esa racha de corridas cada vez más 

ágiles se verían interrumpidas, pensaba que aquella salud lograda se vería menguada por estar inmovil en casa. Me paré, comprobé la movilidad del tobillo, los puntos de apoyo y los puntos de dolor, algunas rotaciones, algunos estiramientos. Comprobé que el teléfono no tenía casi pila y como era propio de esa zona, no había señal. Estaba como a 8 o 9 km de la casa por lo que con un dolor inmenso tuve que comenzar a caminar de forma lenta, muy lenta.

Al poco tiempo, llegué a una parte baja del cerro donde las laderas decrecen en su pendiente y con ello, los primeros sembradíos de nopal que caracterizan a Tlayacapan. Por momentos, el paisaje que me parecía único en el país me parecía horrible: No hay ni un maldito árbol, un río o algo que realmente distinguiera al lugar, solo nopales. La vereda se convertía en terracería por donde entraban las camionetas a recoger las pacas, caminé por ahí. Ahí estaba con la mirada en el piso por que cada protuberancia o ligero bache en el camino que pisaba con el pie lastimado, lo resentía en demasía. Me sentía solo, sediento, lastimado. Aún faltaban varias horas con el tobillo así, estaba resignado, triste.

Caminé a la orilla de esos sembradíos por al menos una hora hasta que el sol se posicionó de tal forma que comenzó a iluminar los sembradíos de una forma que les dió vida. No era una iluminación que resaltara los sembradíos, era una luz y un eje que iluminaba cada palma de nopal y daba a cada uno un textura que los diferenciara unos de otros. Bastó ver al horizonte para dejar de ver nopales y solo ver lo hermoso que era el paisaje, ya único y en ese momento propio. 

Siempre trato de cargar una cámara pequeña, por fortuna la traía conmigo, estaba cargada y con memoria, la saqué de la mochilita que solía llevar y la percepción a través del visor fue sorprendente: los nopales dejaron de serlo al ser bañados de una luz de sol menguante, para convertirse en rostros, en miles de rostros. Bajé la cámara y ya no veía nopales del todo, ya me era difícil quitarme de la cabeza aquella imagen de rostros viéndome lloriquear por una caída. Tome dos fotos, una vertical y la horizontal que se muestra arriba. 

Al bajar la cámara de nuevo ya no veía nopales, veía miles de personas, más allá de eso, hice una relación imaginaria entre los rostros que imaginaba, la región, el nopal y su significado en nuestro país, el estado en el que me encontraba (Morelos) y un poco el lugar dónde en ese momento vivía que era un conjunto de casas autosuficientes, orgánicas, con huertos vivos y activos cuyos frutos eran para la comida y el trueque con la comunidad. De la nada, todos esos nopales se convirtieron pues en rostros de revolucionarios, en este caso, zapatistas de inicio del siglo pasado. Estuve rodeado por la “Bola”, no podía encorvarme o poner cara de derrota.

Me erguí un poco, tomé el resto del agua mientras se acababa la luz que rápidamente se fue como agua al ser bebida por la tierra. Luz que dio vida a esa imagen se empezó a atenuar hasta que trajo a la nopalera de nuevo. La última imagen que tuve, totalmente radical fue una portada de un disco en concierto de George Michael, imagen mental que me hizo reír y me dio ánimo que necesitaba para llegar a casa. Madreado, con el sudor ya seco, muerto de hambre y sed listo para lavarme y curar el pié.

Referencia a Multitud
Portada del disco “Listen Without Prejudice” (1990) de George Michael. Referencia que tenía de la imagen y que saltó a la memoria después de 30 años.

Ser fiel a lo que se ve y registrarlo de inmediato es un regalo que la imagen y en especial la fotografía pueden dar, por lo que no se puede negar ni pasar por alto tal (Tal como la imagen de los nopales y los revolucionarios). Es ese instante cuando la fotografía te encuentra desprevenido como un asaltante, como aquel amor al que habías dejado de ver y repentino está frente a tí. Ser fiel a ello no es difícil puesto que no se puede negar. Al menos de forma mental uno guarda ese instante, en el mejor de los casos con una cámara, teléfono o algo para registrar, pero si no es así, se recrea una y otra vez en la memoria. Hay algunas de estas que son más duraderas que las mismas impresiones que guardamos en las carteras o se enmarcan para la sala. Lo que es difícil en esa forma de ver al mundo es detonar “eso” que que convierte la realidad en instantes, líneas, figuras, luces y sombras y esencialmente en historias. Eso lleva años ya que al final somos nosotros en el acto fotográfico que acumula cada una de nuestras experiencias y conocimiento sin importar el origen del que provengan.

A veces no llegan, a veces uno tiene una ceguera que las anula, más no significa que las imágenes no estén ahí, el que ha dejado de existir y es un fantasma es uno mismo (no es malo ser un fantasma, solo que deambulas, no caminas). Recuerdo aquellos pósters en 3D donde se veían imágenes abstractas de colores y al verlas fijamente por un instante, como por arte de magia se abrían a algún paisaje fantástico, usualmente horrible. Tardé mucho tiempo en lograr ver esos paisajes detrás de las imágenes fantásticas, un día tuve que decidirme a verlos sin claudicar, oh decepción. 

Sin embargo, la fotografía fue distinta, tuve que sincerarme con lo que quería de la imagen, con lo que era yo mismo, inmaduro y cambiante un simple aprendiz que difícilmente dice que no a algo nuevo. Cuando eso pasó en mi mente, todo cambió, mis imágenes cambiaron por igual. Un día logré hacer una foto que me gustaba, habían pasado unos 10 años desde mi primer disparo cuando sucedió, esa foto fue mi primer fotografía y no una búsqueda o copia de otras.

Me tardé tres meses antes de salir a correr, la verdad es que ya no es lo mismo, siempre veo dónde piso por miedo y creo que así ya no me gusta correr. Regresé a nadar, que por cierto, creo que es más solitario aún; tendré que traer una Go Pro o una cámara resistente al agua ya que nunca sabes cuándo o dónde una imagen te va a asaltar.