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Los tres cabíamos en la cajuela.

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Foto tomada mientras le explicaba a mi hija la importancia de la Quebrada.

Era una ventana en forma de trapecio con delgadas líneas que la cruzaban de lado a lado, mismas que mucho después me enteré que eran filamentos con carga eléctrica para desempañar el medallón del auto durante las lluvias. Viajaba junto a mi hermana y mi prima Jaqueline, Jaqueline tenía unos cuantos meses más que yo, era la más grande después yo y al final mi hermana: “Chinche” o tal cual, “Pequeña”. Los tres viajamos entre el cúmulo de maletas acomodadas para que pudiéramos caber en la cajuela y así llegar a Acapulco en un viaje por autopista que en promedio se recorría de la Ciudad de México a la Costa de Guerrero, llegando por la Diana, en un promedio 8 horas. Por aquella ventana pasaba todo, desde cientos de nubes o tonos de azul, fragmentos de montañas o árboles que desaparecían con rapidez en aquella proyección en tiempo real, hasta la cara de algún o el trasero de alguien que se recargaba en el auto mientras estaba estacionado. Así, por 8 horas. 

Detrás de las maletas había dos bocinas en algún lugar y que nunca se callaban. Desde antes de que se encendiera el auto al arrancar ya sonaban con música de Paul Mc Carney, Cream o Supertramp. No recuerdo cuántos años tenía, no recuerdo el modelo del auto, era así como un Grand Marquis pero en camioneta, no sé. Mi hermana cumplía unos 5 o seis años, Jaqueline y yo, aproximadamente unos 8 años. Los tres más las maletas cabíamos en la cajuela.

A lo largo del trayecto se escuchaban risas, cuchicheo y voces que subían de intensidad en varios momentos del viaje. Se escuchaban latas de cerveza sisear al destaparse en un susurro fino y alargado que terminaba en un final semi estruendoso pero contundente cuando el anillo rompía la lata. Horas, días, silencios, regaños, papitas y chicharrones, gasolineras, zopilotes, puentes, postes de luz, señalizaciones de carretera y música pasaban antes de llegar al tradicional Puerto de Acapulco. 

Siempre llegábamos al Hotel Sherezada, ubicado en el “Acapulco Viejo”. Se refiere a un hotel de tiempo compartido que el “Tío David”, armador de libreros, gabetas de metal y fanático del América compartía con la familia con la finalidad de jugar dominó por noches enteras y solventar las vacaciones de los matrimoniso jóvens de la familia Mis padres y tíos, apenas rozaban los 30 años de edad. El tío siempre en shorts y sin camiseta, con sus cadenas de oro y una barriga sonrojada y brillante como un gran cachete.

En aquella época los niños no importaban y aunque importaran tarde o temprano se olvidaban de ellos, no por falta de amor si no por exceso de vacaciones, de todos. El juicio personal después de días de vacaciones se tornaba en juicios colectivos. Temas y agenda de cada día de vacaciones fluctuaban desde el tipo de desayuno a preparar y los ingredientes faltantes para lograrlo, quién o quiénes irían por más cervezas, quienes bajarían a la alberca, quien se bañaría primero, política, futbol, chismes familiares, etc. Los niños no éramos un punto importante, salvo que alguien cayera o tuviera un accidente, que se le taparan los oídos, astillas en manos y dedos o algún descalabro, de otra forma nadie se daba cuenta de la presencia, ausencia o escape.

En algún momento del viaje se llegaba a pasear en auto, todos enrojecidos, en chanclas, ardidos por el sol, brillantes por la crema en exceso y con ese olorcillo de coco perpetuo y delicioso.  Se llegaba al malecón cuando había ganas de pasear y pertenecer al mundo cosmopolita de Acapulco, pero cuando se quería “viajar” se manejaba a lo largo del Acapulco viejo hasta llegar a la Quebrada. Ese paseo era la forma de pertenecer a la historia y continuar  con ella y en ella. En automático comenzaban las anécdotas de los tíos recordando como el abuelo los llevaron por primera vez y en medio de los relatos, se dejaba ir la vista como si en el fondo se pudiera ver con detalle tal momento en la historia, ahora ellos cumplían su tarea con nosotros. 

Ese paseo me gustaba, siempre me ha gustado. Recuerdo con cariño como en la Quebrada se cambiaba el barullo interminable de una familia numerosa por un silencio conjunto al verse apabullados por los recuerdos, por la brisa, por el sonido del mar y las olas en un vaivén que en aquel acantilado se crecían en las paredes invencibles. Se aventaban uno a uno los clavadistas y entre cada salto el asombro y los aplausos. El espectáculo acababa, alguna tía rompía el silencio con un “Ay viejo, ya hace hambre, vamos por un pozole”. A partir de ahí todo regresaba a la normalidad y al caos, a las vacaciones.  

Por alguna razón no recuerdo ninguno de mis regresos en auto, ni con primos o en solitario, como si nunca hubiera regresado. La verdad es que gracias a mis continuas idas a Acapulco me dediqué a viajar, era la única forma de dejar de pensar que México era el estado de Guerrero. Me gusta manejar. Me preparo un café, pongo algo de música y ya, con eso la carretera puede seguir interminable y yo en ella. Un día, tarde o temprano voy a regresar.