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Lo grotesco y otros amores.

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De lo grotesco y otros amores

Mi madre me tapaba los ojos cuando pasábamos en el auto al lado de un accidente. Siempre hubo cierto temor al ver los libros de medicina de mi padre donde había fotos explícitas de tumoraciones o deformidades. Siempre hubo un extraño silencio al ver entre los arbustos animales muertos. Por igual, con la misma naturalidad, en mi casa se hablaba en largas sobremesas de extirpaciones y cirugías por horas, donde se aportaron conocimientos invaluables pero en las cuales muchos de los pacientes no lograron salir bien o con vida. En mi casa, se hablaba de la vida como de la muerte sin miedo, no sé si era por la soberbia, ciencia con la que se veía o por la falta de una deidad absoluta que rigiera aquellos pensamientos. En todo ese juego de creencias y verdades había algo bello que de forma inconsciente aprendí entre juegos en solitario, de la misma manera que formulaba respuestas a preguntas las cuales tuve que llegar al indagar en aquellas imágenes, verbales, visuales o textuales desde muy pequeño.

Más tarde, mientras mis compañeros de la primaria hablaban de sus vacaciones o cursos de verano, mientras que yo recordaba con cariño mis experiencias al jugar con otros niños de la correccional de menores de “Barrientos” en Tlalpan, ya que mi madre trabajaba entonces como doctora, psicóloga y “Tía” de todos y cada uno de e ellos. Los niños le pedían por ejemplo les quitara los piojos aunque no tuvieran. Ese era un pretexto razonable para los guardias quienes permitían a los niños acercarse al pequeño consultorio para que mi madre los tomara de la cabeza y los despiojara mientras les preguntaba como les iba en el encierro y hacia bromas con ello; los niños se sentían queridos y yo orgulloso. Con ellos, comprendí que cada cicatriz tiene su historia y muchos de ellos no las habían conseguido por caer de la bicicleta, las habían conseguido por ataques con cuchillos, al querer entrar por las ventanas de las casas para robar o sencillamente por no haber salido bien librados en riñas callejeras, con esos niños, jugaba en los establos en la huerta o ayudaba en la granja a ordeñar a las vacas cuando apenas tenía entre 7 y 9 años de edad.

De lo grotesco y otros amores

En todos los casos por muy sórdidos o grotescos que parecieran, siempre, había un bien mayor, un final del camino que con elasticidad y en un acto de metamorfosis al que pocos lograban llegar, se convertía en un regalo para la vida. La muerte generaría más vida, lo más desagradable sería semilla para ver y valorar en la cotidianidad de la vida lo más simple como lo más hermoso, comenzando por nosotros mismos.

Lo retorcido y el “Ritual de lo Habitual”

De lo grotesco y otros amores

Con el tiempo esa sensación comenzó a ver en las calles, y eventos cotidianos un ancla, una tachuela que recolectaba imágenes que cumplían con aquella estética grotesca. La primera que tengo en mente y que pude definir en mis propias palabras fue la funda del Disco de Jane´s Addiction “El Ritual de lo habitual”. La funda tenía la imagen del vocalista de la banda pero hecho como un muñeco de trapo, sus ojos estaba igual de enfermos que los de la vida real. El muñeco estaba dentro de una ofrenda, una especie de altar el cual generaba muchas emociones no definidas en mí, pero si muy poderosas. Nunca las pude definir en juicios tajantes como buenas o malas, por meses buscaba una palabra que pudiera abarcar y no la encontré por lo que las definía como “retorcidas” o “nicotinosas”. Así como eso, vinieron en hilo cientos de películas y libros que fueran sórdidos pero que al final hubiera na gran enseñanza, un razón para ser mejores y tratarse a uno mismo como quisieras que los demás te tratasen también y por obvias razones, tratar así a los demás.

Por fortuna no hay forma de que vea de otra forma la vida, mucho de ellos es la razón de mi fotografía de calle, no importando si es una coladera o un pedazo de lata el objeto principal de la imagen, en realidad somos nosotros, somos yo en un estado de ánimo que refleja lo más profundo y no solo eso, si no el poder que hay tanto del que la hace como del que la ve, de hace de algo común y “horrible, algo que pueda contener un grado de alta belleza, presente siempre pero solo para aquellos que pueden ver más allá de un objeto o persona horrible.

Quizá sea una cuestión generacional, quizá sea un activismo y enojo ante una cultura del perfección e imagen siempre positiva y proporcionalmente banal. El amor por lo grotesco es no un gusto si no un portal hacia lo pero de todos, de uno mismo que llevará a la esencia del otro, del objeto, de uno mismo. Es una estética que todos guardan en el cajón más profundo y que en cada mudanza se hace más grande y a su vez se hace más difícil de dejar atrás. Se convierte en algo que de no abrazarlo estamos condenados a tratar de ser como todos sin valorar nuestra riqueza interior, ya que al querer recuperarla o sencillamente mencionarla, acabamos por repetir lo mismo de siempre, lo mismo que todos.

Hace poco me encontré con Esparta y Saki, con ellos se ha trabajado sobre muchas premisas y se han realizado varios ejercicios personales que ha resultado en imágenes profundas, al menos para nosotros en un proceso creativo y sanador. Hace algunos días hablamos sobre “Lo grotesco” y como si hubiera sido un gran recuerdo, sonreímos. Dejamos de hablar al respecto, solo vinieron varias ideas y estas palabras en si, las imágenes que ven son el resultado. Para que explicarlas, somos nosotros.

Por esto y todas las imágenes que vienen, que tengan ustedes, asquerosos días…