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La Entrega.

Fecha

Apenas se encendió la máquina dejé de respirar, quizá es el punto de partida más real a un proceso donde Espartaco parecía entregarse y desvanecer en las manos de Saki, tal cual una nube entre las copas de los árboles en la cima de las montañas en un día donde el viento se hacía cada vez más fuerte. Para cuando la máquina cayó ni Espartaco, Ni saki, ni yo, fuimos los mismos.

No hubo un acuerdo tácito más que los básicos: hora, lugar e ideas vagas sobre emociones que la ideas sobre nosotros mismos podrías arrojar, nunca sobre imagen. Esparta abrió la puerta, nos reencontramos después de un par de años, en ese mismo instante conocí a Saki y a los niños: su familia, su hogar. 

Fuí a la cita con Otto, un cachorro de perro para entonces de 9 meses, recogido de la calle que no conocía otra cosa en la vida más que el departamento donde vivíamos y todo lo que nos pudiera rodear a unos cuantos metros de la unidad que habíamos formado en la pandemia. Los niños se emocionaron con su presencia, Otto también al grado que entre juegos lastimó a la hija pequeña de Saki y Esparta; por un instante todo ese ambiente que se había generado fue interrumpido por el incidente, el ambiente se enrareció y dió a aquella primera sesión un tono fuera de lo común. 

Ahora, a semanas después lo puedo ver con claridad, el incidente me había desencajado de la condición de antiguo conocido de los artistas y borrar eso para acomodarse solo en un presente en el que no había nada escrito, solo el de ser fotógrafo. Ya para entonces sin perro y con todo el afán de solo asirse del objetivo que nos había unido aquella tarde. 

Esparta, desde el primer momento en el que llegué a su casa comenzó a entrar en personaje, a estirar y calentar, más aún no hablábamos de un objetivo claro en términos de una imagen a conseguir, solo hablábamos de procesos creativos al momento de generar una nueva imagen. De un momento a otro Esparta estaba calentando y estirando totalmente caracterizado dentro del cuadro de cámara. Para entonces la conclusión después de vagar entre ideas era la de limitarnos al proceso y ritual de “Rape”, donde Saki, su esposa, ayudaría en la sesión cortando el pelo a Esparta en un acto que, desde el budismo y la danza, es altamente simbólico. 

Saki salió vestida de negro y se le contó un poco del proceso que se buscaba. Ella comprendió de inmediato y las cosas tal cual, simplemente sucedieron.

La fotografía como testigo del tiempo.

El fondo de la imagen era una manta negra que bajaba del techo al piso y avanzaba  por dos metros más después de la vertical. Fondo neutro que exaltaría la figura de Esparta así como la piel de Saki, solo en su rostro y manos.  El esquema de iluminación se basaba en un flash de 400W con control remoto y doble difusor del lado derecho de cámara. En contraparte, la luz se rebotaba en posición de espejo de la pantalla del flash principal. Como complemento, había una flash más como back que iluminaba a Saki y espalda de Esparta, limpio, sin filtros, solo una apertura circular para delinear. Todas las acciones sucedían en un espacio limitado donde Esparta hincado y Saki detrás de él, se dejaban llevar por el rito de rape el cual se había acordado.

Una vez que la máquina para cortar el pelo arrancó con su característico sonido el ambiente cambió, el ritual había comenzado. Si bien todos sabíamos lo que sucedería, ese sonido indicaba que no había vuelta atrás. Como si fuera una hoyo negro el sonido nos arrastró a todos en un ritual donde cada pelo caído pesaba como toda una cabeza. Esparta Absorto parecía desaparecer poco a poco ya que Saki parecía borralo con la máquina.

El proceso no duró más de 20 minutos, sin embargo el tiempo dejó de serlo tanto como Esparta, Saki y Yo. Qué pasa con la fotografía y su tarea de capturar el momento, cuando el momento se divide no solo en cada personaje implícito, si no en el dramatismo de cada movimiento de todos, en el sonido de la máquina, en cada parte del cuerpo de Saki o Esparta ante la cámara, aunque estuvieran inmóviles. 

Tengo una sensación aún vívida donde la máquina me roba el aliento y no lo pude recuperar hasta que se detuvo y Saki salió de cuadro. 

Una vez que comenzó el rape pasé por instantes de adaptación a la respiración de Esparta y a los elegantes movimientos de Saki. Saki movía la cabeza de Esparta para acomodar la máquina y continuar con los sutiles movimientos mientras que Esparta de forma natural, continuaba tal inercia con reacciones del cuerpo que parecían desconexas, como si cada parte de él se desmembrara o se descubriera en ligas que antes no se habían reconocido. Bien podría ser el temblar de un dedo, o los globos oculares que se perdían dentro de la cabeza en una mirada interior. 

No tuve otra cosa que hacer que controlar la respiración y responder a la suma de los movimientos, evitar caer en los disparos metódicos para poder mezclarme con los espacios en blanco como si se tratara de una melodía tocada por tres ciegos.

Así corrieron los minutos, una vez que Saki acabó con el corte, agradeció y se hizo presente al pararse al costado en un acto amoroso que concluía. En un acto de entrega donde Esparta y ella se habían dado. Esparta, ya sin pelo, se fue incorporando hasta ponerse de pie y de forma lenta se acercó hacia la cámara para generar ante ella un oscuro natural, parecido a un fade out como si la desaparición no solo fuera para él, si no para todos.