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EL VIENTO LLEGÓ, DETRÁS LA TORMENTA

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Estábamos en la Laguna de Términos, Campeche, habíamos navegado por tres semanas por el río Usumacinta en un cayuco, embarcación de una pieza hecha con la madera de un árbol de Huanacaxtle, estábamos húmedos hasta la locura, hasta dejar de pensar que algún día estaríamos secos de nuevo o con ropa caliente.

Así fue todo el viaje, de hecho, después de estar metido en la selva sin estar en contacto con la civilización, salvo cuando llegábamos por río a algún poblado a las orillas, bajábamos por comida o a conocer a la gente que se acercaba a ver tremendo cayuco, todos, mojándose con la tormenta, llovizna, lluvia o cualquier tipo de humedad, como si no existiera.

El último pueblo que tocamos en tierra fue Tenosique, Tabasco, y avanzamos unos kilómetros hasta la boca para la inmensa laguna de Términos que entre el gris de las aguas y el cielo nublado, no marcaba ningún horizonte, ninguno.

Hubo una tarde en la que empezó una brisa caliente que fue como un abrazo, por fin, podríamos izar la vela, una vela hecha de petate que se había mandado hacer según las escrituras mayas encontradas en la zona.

La vela se hinchó, era una pieza grande pero ya viva era enorme. El aire soplaba poco a poco, cada vez con más fuerza, esa brisa cálida comenzaba a bajar de temperatura y a subir de intensidad. Hipnotizados por ver al cayuco en todo su esplendor (Ese fue el motivo de la expedición, demostrar que los navegantes mayas eran los mejores navegantes-comerciantes de mesoamérica) no nos dimos cuenta que estábamos en línea directa hacia una turbonada (Nubes enormes y pasajeras, con un vientos fuertísimos y lluvias torrenciales), justa esa tarde no teníamos que estar ahí.

Si creíamos que la vela había dado todo y lo que restaba era verla rasgarse, estuvimos equivocados. Ese tronco de árbol de más de una tonelada y de 10 metros de longitud, comenzó a tomar velocidad hasta dejar una estela de espuma sobre el mar por a velocidad con que avanzaba. No solo estaba hinchada la vela si no parecía que el cayuco había despertado, con trabajo podíamos abrir los ojos por la lluvia que picaba los párpados y ya no decir la cara o los brazos, pero en todos, o lo poco que se veía había una sonrisa, risa o carcajada al sentir un vértigo, literal, histórico.

Fuero no más de 25 minutos a ese ritmo, la turbonada se deshizo en el cielo, el cayuco bajó la velocidad hasta que se quedó dormido de nuevo, enorme y tranquilo.

Todos traíamos una cara de alegría y susto, un golpe de mástil o una caída habría sido difícil de superar. Esa foto me gusta por todo lo que no se ve, ya que instantes después, después de la tormenta habría de renacer, una vez más. Así fue todo el viaje.

Todas las impresiones de las fotos están a la venta. No compran una foto, se llevan historias que motivan a seguir viviendo.